Tras las huellas del Dr. Hipólito Rgez. Pinilla, jefe médico que fue de estos Baños y padre de la Cátedra de termalismo en España

Tras las huellas del Dr. Hipólito Rodríguez Pinilla. En esta temporada que se fue, el Balneario de Ledesma recibió una visita muy especial. Una historia de esas a las que es imposible sustraerse y que queremos compartir: Alberto Navarro, madrileño, de 70 años, ingeniero industrial, nacido en México, acompañado por su esposa, Lidia Velasco, médica radióloga, llegaron a tomar Baños como tantos: unas vacaciones de salud. Pero en un momento de la consulta médica previa, surgió la confianza para que hicieran constar al equipo médico actual, encabezado por la Dra. Encarna Montejo, su vinculación familiar con sus antecesores y con la instalación: “Mi abuelo fue responsable médico del Balneario desde 1908”, señaló Alberto, con la emoción de estar pisando por primera vez una de las huellas más indelebles de sus antepasados en España. Su madre Julia fue la única mujer del total de 10 hijos que tuvo el Dr. Hipólito Rodríguez Pinilla, que fue insigne Jefe de los servicios Médicos del Balneario entre 1908 y 1917, (que también lo fue del de Las Caldas en Oviedo) y casado en Ledesma con Magdalena Mata Marcos. La revelación recupera una de la historias más prolijas del termalismo en el Balneario de Ledesma. Pero ¿quién fue el Dr. Rodríguez Pinilla?».   

Alberto Navarro, en la sala de inhalaciones, con su responsable, Valentín Villoria Guerra, y con la actual jefa de Baños del Balnerio de Ledesma. Encarna Montejo.

El médico Hipolito Rodríguez Pinilla (1860 -1936), fue una figura clave en la hidrología médica europea moderna, padre de la primera Cátedra Universitaria sobre tema en España, implantada en 1913. Republicano convencido, fue médico y amigo de Miguel de Unamuno (uno de los escritores y filósofos claves en la Generación del 98), con quien mantuvo una intensa y culta relación epistolar durante 40 años, clave a la hora de conocer el Unamuno más íntimo; y también lo fue del Presidente de la II República Manuel Azaña…que lo acercó a foros de asesoramientos médicos en España, entre otros. Rodríguez Pinilla nos legó varios libros importantes en su campo, entre ellos el primer diccionario hidrológico de España y un tratado de hidrología médica que supuso, en aquel tiempo, la mayor aportación a la especialidad. Reivindicar la trayectoria de Rodríguez Pinilla es poner en valor buena parte del legado histórico del Balneario de Ledesma.

Convencido republicano, y por ello, relegado de brillo en la historia médica tras la Guerra Civil, sabemos mucho de R. Pinilla por su relación epistolar con Unamuno, paciente y confidente

La madre de Rodríguez Pinilla, María Concepción, también era de la villa de Ledesma. Animó a su hijo a estudiar Medicina en Madrid, donde se licenció en 1881; pero curiosamente, como nos apunta Alberto Navarro, su primera especialidad fue la de pediatría, desarrollando una de las patentes más conocidas de ayuda a la infancia en los años duros de la España más pobre “la gota de leche”, y sus alimentos para ayudar a los bebés prematuros. Con una visión muy social de la medicina, fue profesor del Instituto Homeopático de Madrid, médico del Hospital de San José y director de la revista El Criterio Médico. Defendió la introducción de nuevas técnicas, como la radiología, y estuvo abierto a todos los adelantos científicos a través de sus viajes de estudio, de los que se han conservado testimonios precisamente por su correspondencia con Unamuno.

La investigación fue una de las prioridades de Pinilla, quien consideraba que sólo a través de ella se conseguiría un cambio en el balnearismo español. Desde los análisis de aguas a la clínica, amplió el estudio sobre las aguas e incorporó la climatología. Su principal cometido fue dotar a la disciplina de un corpus teórico no sólo para profesionales hidrólogos sino a médicos generales, a los que instruir en el uso terapéutico de las aguas mineromedicinales. Fue buen conocedor de la evolución de los balnearios en Europa. Su Manual de Hidrología Médica, reeditado en múltiples ocasiones, o su Diccionario General Hidrológico son muestras de ello.

En lo político, Hipólito siguió la senda de su padre, liberal republicano, militante del Partido Reformista de Melquiades Álvarez. Formó parte de la Junta Nacional Reformista de 1914. En mayo de 1931 fue nombrado por el Gobierno Provisional de la República como miembro del Consejo de Sanidad de España “por sus especiales conocimientos científicos”. Y en 1932, presentó una ponencia firmada junto a Marañón, Mariscal y Mayoral para la futura Ley de Sanidad de la República.

Hipólito fue médico de la familia Unamuno. La correspondencia epistolar entre ambos fue larga y duradera, y son documentos muy valiosos por la información que aportan sobre un contexto histórico. Unamuno era diputado y Rector de la Universidad de Salamanca, y autor de la célebre frase protagonizada en el primer año de la Guerra civil, embrión de la película de Amenábar «Mientras dure la Guerra», el famoso “venceréis, pero no convenceréis”, frase que de manera valiente dirigió a José Millán-Astray, general del bando sublevado y fundador de la Legión, que, rodeado de militares, participaba en una Salamanca tomada por el ejército nacional, a la postre vencedor, en un acto universitario condicionado por el contexto de la Guerra, e increpando el discurso de Unamuno como Rector, a gritos de “¡Mueran los intelectuales!”. Por la peli sabemos que Unamuno, que había abandonado posiciones cercanas, primero al nacionalismo vasco del PNV y después al PSOE, coqueteando con las posiciones más próximas a la necesidad de un orden más férreo dentro de la República, pero ya advertido de las consecuencias del golpe militar por la desaparición de varios amigos próximos por sus pensamientos de izquierdo, enarboló en ese contexto aquel:  “Convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España. El Rector, entre amenazas y pistolas, salió protegido por Carmen Polo, la mujer de Franco -sabedor que la desaparición de un intelectual de su talla podría ser un revés la imagen internacional de la sublevación-, muy enfermo, fue cesado poco después por el dictador.

Unamuno visitará el Balneario de la mano de su amigo el Doctor, que le consulta sus procesos y le confiesa sus temores, los propios de su salud y los que afloran. De hecho, hace unos años, en el redecubrimiento de unos archivos con material de Unamuno, apareció una fotografía hecha por Don Miguel de la capilla del Balneario:

Miguel de Unamuno y su foto.

Pocos meses antes de la Guerra, en marzo, Hipólito, doctor y amigo de Unamuno, ya había fallecido por un proceso cardiaco.  La República se desmoronaba sin que los intelectuales que más la defendieron en busca de una España más moderna y europea, con independencia de la ideología, pudiera hacer nada ante la radicalización de eso que se conoce como las dos Españas, la de derechas y la de izquierdas. Como muchos republicanos, las familias salieron al exilio.

Salvo excepciones profesionales, solo la Casa Charra o nuestro Balneario de Ledesma, trabajan por recuperar la figura de Rodríguez Pinilla, que supuso, como puede indagarse fácilmente en la Real Academia de la Historia, un punto de inflexión trascendente en la especialidad de la Hidrología Médica española. Pese a la Guerra y la dictadura, su legado permitió la pervivencia académica de esta disciplina. Y su ostracismo solo viene en parte por sus ideas republicanas y su conocida vinculación con Unamuno, de ahí la importancia de situar al escritor y la militancia de ambos. Esta militancia fue seguida por los hijos de Pinilla, que en México se mantuvieron próximos al socialismo democrático (PSOE) allí exiliado -conocidos como los gachupines o la honorable colonia (el presidente de México les ofreció la doble nacionalidad-, salvo un anarquista. Seis hijos de Hipólito Rodríguez Pinilla tuvieron que exiliarse durante la Guerra: uno, en Marruecos y 5 en México. Julia lo hizo antes en Rusia, a bordo de uno de esos barcos de Los Niños de la Guerra llegó a la antigua URSS -actual Rusia-, donde conocería al padre de Alberto Navarro, Ernesto Navarro Márquez, un piloto comercial, militarizado ya en la Guerra en las colonias españolas en África, y que, sin haber pasado por Academia, alcanzó los galones de Teniente Coronel de aviación tras ser reclutado por la República, puesto que retomaría de manera voluntaria en el 1936, para defender la República, decisión que le costó el exilio pese a su etapa africanista, donde estaba el grueso de apoyo a Franco.

A mitad de los años 40, la única hija de Hipólito y el piloto se irían a México, donde nacería Alberto. Con el tiempo conocería en ese exilio a Lidia Velasco, también hija de padres valencianos republicanos, con exilio en Rusia y en México.

Retornados a España en los años 70, y ya jubilados, Alberto y Lidia llegaron este otoño al Balneario de Ledesma en busca de las huellas de sus raíces en el Balneario y en la Villa de Ledesma. Y para recordarnos una historia que merece ser contada.

Publicación Cien años de la Cátedra de Rodríguez Pinilla (PDF)

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